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sábado, 10 de septiembre de 2011

La hora de los vociferantes. La educación en peligro, por Pedro Vial.


La hora de los vociferantes. La educación en peligro,

por Pedro Vial.


El movimiento estudiantil puede tener muy buenas ideas e ideales. Puede ser. Pero no se nota, porque está inserto en la lógica del grito. Es el poder de la vociferación. No el de las ideas. Este movimiento exige tribuna, porque grita. Un porcentaje importante de esos vociferantes, cuando mayores de 18, no está inscrito en los registros electorales y no se ha propuesto ser parte de la sociedad que tanto critica.



En la lógica del grito y de la fuerza, las propuestas se tornan exigencias y se coarta al otro. La sociedad responde, pero siempre será insuficiente, porque estos muchachos han probado el dulce elixir del poder de la vociferación y ninguna respuesta les será suficiente.



El Gobierno ahora trata de responder jugando el último cartucho, el presidencial, mientras la oposición da tumbos. Pero si la vociferación —paros, marchas, tomas— sigue su curso, no sacaremos nada, pues todo lo que se ha oído hasta ahora es simple parche.



El ejemplo máximo es la desmunicipalización, cuando los colegios no logren resultados de “calidad”. No seamos frescos. Exigir calidad con la endémica y criminal falta de recursos con que han sobrevivido la mayoría de esos colegios es una broma de mal gusto.



¿Estado central docente, municipalidades, corporaciones especiales? La fórmula es debatible, pero el cambio de sostenedor no es solución en sí mismo, porque será un cambio desde el Estado hacia el Estado, en cualquier forma. Porque los colegios municipales son estatales. Porque el Estado central lo es. Porque las corporaciones propuestas también lo son.



La clave está en la escuela. Y nada cambiará si no le ponemos hoy recursos. Plata. Dinero. Money. ¿Cómo no podrán entenderlo? Esto es simple:





Mayor capacidad de gestión y decisión de los directores de los colegios. Se ha avanzado, es cierto, con los cambios al Estatuto, pero hagan una encuesta anónima a los directores de todos los colegios municipales y verán que dirigir ese bote es cuestión de titanes. Porque las evaluaciones no existen o existen a medias, porque no hay recursos para traer un profesor bueno en vez de uno malo ya mal evaluado.





1. Buenos profesores, bien pagados. Págales mal y ya los jóvenes tendrán un incentivo menos para dedicarse a la docencia. Quedarán los que tienen recursos familiares más una vocación férrea, los profesores por vocación cuasi sagrada y aquellos a los que no les alcanzó el puntaje.



2. Libertad de enseñanza, principalmente en los temas técnicos: cómo el niño aprenda a leer, cómo esa niñita aprenda las operaciones aritméticas básicas son temas técnicos para los que habrá varias soluciones. No sólo las que el Estado central diga.





¿Por qué los vociferantes ponen en peligro la educación?



Por razones tan antiguas como humanas.



Primero. Nadie entiende a gritos.



Segundo. Cuando se grita, los seres humanos tienden a refugiarse en sus trincheras más arcanas, pues prevén peligros a su ser más básico.



Y es lo que estaremos viendo en estos días a menos que, pequeña luz, este diálogo presidencial valiente y arriesgado, comenzado el sábado, sea efectuado desde la reflexión y no de los gritos.



Las soluciones reales a la educación siguen esperando. Estamos en peligro por culpa de los vociferantes, pero como el pensamiento y el silencio no venden espacio en las noticias, estamos fritos. ¿O no…?



El problema de la educación es más complejo que otros, porque, o se aborda completo, o es plata tirada al viento y se pierde la oportunidad. Y no seamos cínicos: la oportunidad estará perdida para nuestros compatriotas que no tienen la capacidad económica de costear la educación que los más afortunados les damos a nuestros hijos



Recién la semana pasada, Felipe Cubillos nos dejó un legado que sé es el gran consuelo de sus hijos, su queridísima mamá y sus hermanos, además del orgullo de su entrañable papá, don Hernán (debe estar ahora con su pipa conversando con él sobre sus grandes pasiones: Chile y el mar). Aunque sea en esta hora tan dolorosa y por él, hagamos caso a la columna de Felipe. Dejemos de vociferar y pongámonos en movimiento.

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