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miércoles, 14 de septiembre de 2011

Feliz indignado, por Marcelo Gidi.


Feliz indignado, por Marcelo Gidi.



Conocí a Felipe Cubillos en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Siempre mantuvimos una genuina amistad, respeto y confianza mutua. Nos veíamos en situaciones personales y familiares, y fuimos siendo testigos de nuestros logros y fracasos. Un par de veces al año conversábamos de lo que movía nuestros corazones.



El mar lo cautivó. Allí aprendió a ser sabio, a desafiarse y a darle un rumbo nuevo a su vida. Del mar conoció la fuerza de la naturaleza y la fragilidad humana. El mar lo hizo amigo de los humildes y consciente de sus necesidades. También en el mar, como él lo deseaba, se puso término a su vida.



Mucho se ha hablado de Felipe en estos días. Como una ráfaga de viento se esparcieron sus escritos y abundaron elogios. Pero ¡cuidado!, que esa puede ser la forma sutil de anular a un “indignado”, haciendo de él un mito del pasado o una ilusión del presente.



Soy un indignado”: así tituló su última columna en este diario. Releyéndola me pregunto —con su honestidad y valentía— ¿por qué ahora y no antes Felipe se autoproclamó públicamente un indignado? ¿Por qué él, un agradecido de la vida y quien se levantaba alegre, se definió un indignado?



Quienes lo conocimos sabemos que su indignación no fue interesada ni amarga, ni la del fracasado o la del mezquino. La suya fue la indagación del entusiasta, del feliz, del aventurero y del solidario, por eso la suya es la indignación generosa de quien se atrevió a mirar más allá de su entorno, de sus intereses y privilegios.



Su indignación no fue respuesta a la contingencia actual, ni tampoco a las catástrofes naturales recientes. Su indignación fue anterior; se gestó cuando se sintió enredado entre egoísmos y mediocridades. Entonces soñó ser libre de todo aquello que a otros dócilmente ata. En ese instante, como un Quijote de este tiempo, percibió que “por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. Y optó por ser feliz más que exitoso, por saber esperar y otras veces buscar. Por captar que la vida es única y que no se la tiene en solitario. Que los demás no son una posesión, sino un don. Que su país podría ser el mejor lugar para todos y no para algunos. Que somos mucho mejores de lo que creemos ser. Que seremos más felices sirviendo a los otros más que a nosotros mismos, que el miedo paraliza, que es clave soñar y que Dios existe y lo gozamos acá.



Indignado, quiso desafiar mares, enfrentar vientos, capear olas, atravesar el mundo y sus fronteras. Pero también aspiró ser para los demás, e hizo suyos los anhelos de los desfavorecidos, de los que no han tenido oportunidad de desplegar sus velas. Navegó contra el viento huracanado del hedonismo, la moda y el clasismo, para así superar toda pobreza y consolar a gente que lo había perdido todo y también a quienes nunca han tenido oportunidades. Ante la indiferencia de un modelo indolente y esclavizante, él se declaró humanamente indignado.



Con defectos y errores como todos, navegó contra esas corrientes subterráneas que nos arrastran como náufragos a un exitismo vano. El nos dejó una estela a seguir y encendió un faro en la ceguera social, que llamó indignación.



Felipe dio un golpe de timón en su vida porque intuía la verdadera riqueza, la mejor herencia para sus hijos, lo que llenaría su alma: vivir para los demás. Si la vida de Felipe o su forma de morir, si su deseo de levantar Chile o de importarle los demás, nos cuestionan y desafían, entonces demos un golpe de timón y tomemos el rumbo de vivir no para nosotros mismos, sino para los demás.

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