domingo 8 de noviembre de 2009

Sujetos que desprestigian la política….

Estidio Jurídico denuncia elegalidades
de Cienfuegos, más bien Sinfuegos.
Molestia entre suus pares. Estado de denuncias publicitado por alianza,
Estado denuncia; Página Contraloría.

Sujetos que desprestigian la política…
Insistentemente nos hemos referido al “falso independiente” que se presenta como candidato a Diputado por el Distrito 23, Alberto Cienfuegos , al que además hemos denunciado por utilizar el uniforme de Carabineros en su propaganda y presuntas faltas a la probidad configuradas por el uso de un automóvil fiscal en su campaña,, por cierto con mantención y bencina financiados por todos los chilenos, además, de tener la protección en sus apariciones públicas de un funcionario policial.

Nuestra denuncia causó molestia entre los funcionarios en servicio de la noble Institución verde, como se puede entender de un recorte de prensa que incluimos en este nota, además a solicitud de un Estudio Jurídico de la plaza la Contraloría General de la República esta está investigando esta situación, a través de la Unidad de Control Disciplinario e Inspectivo del ente Contralor, que esperamos desenmascare a este sujeto.

Hemos sostenido que es un “falso independiente”, debido al “paseo” con que la Democracia Cristiana le llevó como su candidato a Senador por la Primera Región, luego lo trasladó a la Sexta Región, para luego degradarlo al postularlo como candidato a Diputado por Puente Alto, terminando por inscribirlo como candidato por el Distrito que conforman las Comunas de Las Condes, Vitacura y Barnechea,

Creemos importante, básicamente por la necesidad de dignificar a la política, “desnudar” a este personaje cuyo paso por Carabineros es anodino, cuyo acceso a la Dirección General de la Policía Uniformada se produjo solamente por su obsecuencia con la democracia cristiana, en cuyo record figura haber ordenado el “apaleo” a las esposas de Carabineros que protestaban por el trato del Ejecutivo y el vergonzoso desalojo de una sede del partido comunista en el que simplemente desautorizó a sus funcionarios por cumplir una orden Judicial.

Consideramos al “prospecto” como carente de aptitudes intelectuales para acceder al cargo al que postula, creemos que le falta una inmensa dosis de valores morales para el ejercicio de las funciones Legislativas, estamos ciertos que es un completo ignorante en los temas que pretende exaltar como sus fortalezas, entre ellos la seguridad pública, con los que intenta convencer a la ciudadanía, agobiada por la delincuencia, que voten por el, apoyando, de rebote, al partido más desprestigiado de nuestra política y a los Gobiernos que se han caracterizado por dar impunidad a la delincuencia.

viernes 6 de noviembre de 2009

Contextualizando la memoria nacional.....






Una memoria desmemoriada,
por Roberto Ampuero.


Aplaudo la iniciativa gubernamental de inaugurar, en enero próximo, un Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, pues un país que olvida su pasado, repite sus errores. Contar la historia patria reciente con recursos públicos debe comprender, eso sí, la diversidad de la nación y evitar lapsus y sectarismos. Así como respaldo el testimonio de la represión bajo la dictadura, pregunto por qué ese museo —como destaca en los medios la autoridad— recuerda sólo a partir del 11 de septiembre de 1973.

¿Es posible entender nuestra gran tragedia del siglo XX ignorando las vicisitudes anteriores a ese día?

¿Puede describirse el período 1973-1990 soslayando la crisis política y económica que casi nos arrastra a una guerra civil? Una memoria nacional debe condenar los abusos de la dictadura, pero también recordar que en 1970 un sector que no alcanzaba el 37 por ciento del electorado inició cambios sociales radicales, lo que generó rechazo mayoritario. No debe olvidarse que la Unidad Popular fue más radical que Chávez hoy, aunque nunca logró el respaldo popular que éste detenta.

Una memoria nacional no sesgada también debe relatar cómo entonces, líderes inspirados en socialismos de Europa oriental y el Caribe arrojaron por la borda, tachándola de “burguesa”, a nuestra democracia, la que paradójicamente era más profunda que las de Alemania Oriental o Cuba. Su sueño: sustituirla por modelos sepultados en 1989 por los europeos orientales. Subrayo que si bien desahuciar esa democracia fue una irresponsabilidad extrema, nada justifica la represión posterior. Pero nada justifica tampoco construir una memoria hegemónica desmemoriada.

Recordar sólo a partir del “Once” demoniza a un vasto sector nacional y desvirtúa la historia reciente, porque oculta que la mayoría, PDC incluido, rechazó la UP. Sin el contexto que menciono no podemos entender, por ejemplo, por qué, en noviembre de 1973, Eduardo Frei Ruiz-Tagle donó joyas a la Junta Militar de Gobierno, y hoy es el presidenciable de una alianza que condena el “Once” y celebra un filme que narra la prisión, en esa época, de un actual ministro y otros chilenos en Dawson. ¿Cómo explicar el giro de un sector que estuvo contra la UP y Pinochet en un museo que sólo recuerda la historia a partir del “Once”? ¿Alberga ese museo una memoria nacional o sólo parcial?

Un museo como el que se construye no debe olvidar el apoyo que la izquierda criolla —por acción u omisión— brindó a regímenes que sólo sobrevivieron mediante alambres de púas y guardias armados, y de los cuales el Muro de Berlín devino símbolo máximo. La memoria nacional no puede eludir la incoherencia de un sector que sufrió represión brutal, pero sintió o siente atracción fatal por dictaduras de izquierda.

Sin duda que el “nunca más” de un museo financiado por todos los chilenos debe alzarse contra el régimen que tuvimos, pero igualmente contra partidos que justificaron dictaduras en otras latitudes, y también contra minorías que pretendieron imponer a la mayoría cambios sociales radicales. Un museo nacional es un mensaje a las próximas generaciones y debe escribirse desde una perspectiva amplia, que nos retrate de cuerpo entero. Parafraseando al Padre Alberto Hurtado, habría que exigir que el Museo de la Memoria recuerde incluso aquello que a sus propios diseñadores les duele recordar.
Nota de la Redacción:
Consideramos importante este comentario de don Raul Ampuero, aunque no coinsidamos completamente con sus evaluaciones, pero creemos destacable que se lavante alguna voz contra la miserable falsificación de nuestra historia reciente con la que se pretende demonizar a unos y exculpar a los otros.

jueves 22 de octubre de 2009

Valores......

Elogio de la normalidad,
por Gonzalo Rojas.


Normalidad. Si aún existe la posibilidad de que tengamos algo en común con los senadores Allamand y Chadwick, nuestro acuerdo debiera recaer sobre el concepto de normalidad.

Quizás, si repasamos tema por tema, encontraríamos diferencias sobre el contenido de lo normal, pero, al fin de cuentas, el concepto nos serviría como punto de apoyo común para la discusión.

Con una condición, eso sí: normal no es lo mismo que habitual; normal es lo dado por la norma; normal —aun siendo escaso en algunas realidades— es lo deseable, lo conveniente.

Bien, y si entonces hasta aquí hubiera un piso compartido, ¿estaríamos de acuerdo, Andrés y Andrés, en que el matrimonio es la situación normativa de la vida en común, es decir, a la que aspira normalmente toda persona? Si les parece que no, díganlo ya y declaren con todas sus letras lo contrario: “No: las normalidades son variadas, se llaman matrimonio, convivencia, lesbomonio y homomonio”. Y hacemos entonces más transparente la discusión.

Pero no, ustedes no han dicho eso y suponemos que nunca llegarán a afirmar la posibilidad de cuatro realidades distintas reguladas por una misma norma, ni cuatro normas distintas para una misma realidad. ¿Y si fueran cuatro normas distintas para cuatro realidades distintas? Bueno, pero, ¿alguna de esas realidades sería la normal, o no? El matrimonio…, ¿quizás?

Entonces, si aceptaran que el matrimonio es lo normal y que sobre él recae la norma, ¿por qué no fijar la mirada en él, para tratar de reforzar su normalidad y la normativa que lo configura? ¿Por qué no reconocer que toda normalidad puede devenir fácilmente en anormalidad si no se la protege? ¿Por qué considerar que hay dos tipos de humanos: los normales perfectos y los anormales incorregibles?

Porque esto último es lo que supone el proyecto de Acuerdo de Vida en Común promovido por los senadores: que nunca los normales se verán afectados por lo que pueda pasar a su lado en las realidades similares, pero anormales; que es tal la perfección de los ya casados, que legalizar relaciones paralelas al matrimonio no afectaría a esos seres supuestamente inmaculados, que son los que viven casados uno con una y para siempre.

Los senadores suponen que, al mirar a la pareja del lado, que vive arrejuntada hace años, pero bajo nuevo estatus legal, los estables nunca se verán inclinados a iniciar aventuras parecidas; que al formar a sus hijos, cuyos amigos provienen de uniones variopintas, la tarea educativa de esos padres perfectos nunca se verá lesionada por estatutos paralelos; y, por cierto, imaginan que ninguna influencia tendrá sobre los niños y adolescentes normales la pareja homosexual que en horario prime comenta su legalizada relación.

Han olvidado los senadores algo tan obvio: que las personas normales necesitan que se les reconozca y refuerce su empeño por vivir en la norma, porque miren, que eso cuesta mucho. Y miren que eso es valioso, socialmente muy importante. ¿O no lo es, senadores?

Pero cuando se argumenta que los parlamentarios contribuirán a debilitar la normalidad, ellos contestan que no, que sólo quieren remediar la terrible situación de los que malviven sus convivencias. La mirada senatorial parece benigna, compasiva, pero en el fondo supone que esos seres tienen vidas tan rotas que no puede proponérseles la normalidad, algo tan simple como el matrimonio, si son un hombre y una mujer.

Porque, señores senadores, ni el matrimonio es para los perfectos, que no existen en acto, ni la convivencia es realidad tan definitiva que no pueda ser remediada por el simple contrato matrimonial.

Sólo hay seres humanos que se merecen un incentivo a la normalidad. Y que la ley los ayude.

lunes 19 de octubre de 2009

Nobel a Obama y la petición implícita, por Karin Ebensperger.

Nobel a Obama y la petición implícita,
por Karin Ebensperger.


Es inevitable reflexionar acerca de los objetivos que pudieron tener en mente los miembros de la Academia Sueca al otorgar el Premio Nobel de la Paz a Barack Obama. Tal vez quisieron incentivar cierta actitud de parte de quien ostenta el cargo más influyente del mundo, más que premiar un legado.

Porque es evidente que el Presidente de EE.UU. aún no tiene una trayectoria que calce con lo que el propio inventor sueco Alfred Nobel dejó establecido en su testamento, de premiar "a la persona que haya trabajado más por la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la promoción de procesos de paz".

Tras dos horribles guerras mundiales, el orden internacional que introdujo la Carta de la Naciones Unidas en 1945 tenía el propósito de asegurar un ejercicio organizado del poder, en un sistema que imponía ciertas reglas como el respeto a la soberanía e integridad de los estados.

Ante una amenaza a la paz, el Consejo de Seguridad definía una respuesta militar según procedimientos acordados. Y aunque muy a menudo no se respetó y se abusó del veto, al menos se coincidía en sus postulados. Si un país aplicaba la fuerza debía dar explicaciones al resto de la comunidad internacional, y responder por el trato a los civiles.

Estamos viviendo una época en que la unidad de criterios que existía durante la Guerra Fría se terminó. La supremacía de Washington dentro de la Alianza estaba legitimada por los países europeos, porque el fin superior era impedir el expansionismo soviético antes de la caída del Muro de Berlín.

Pero después del atentado a las Torres Gemelas, el ex Presidente George W. Bush instauró nuevos principios que, en resumen, ponen la defensa de los intereses de EE.UU. en cualquier parte del mundo por sobre las obligaciones multilaterales, y lo autoriza a ejercer la guerra preventiva, es decir, a atacar por sospecha.

Michael Glennon escribe que Irak significó el "fin de la experiencia de tratar de someter el uso de la fuerza al imperio de la ley" (revista Foreign Affairs, mayo-junio 2003). En definitiva, lo que muchos europeos critican de la nueva doctrina de EE.UU. no es su derecho a la legítima defensa frente al terrorismo, sino la búsqueda de su hegemonía a cualquier costo. De algún modo, EE.UU. en la era Bush cambió de lógica, dejando de lado el multilateralismo que representaban la ONU, la Alianza Atlántica y el imperio del Derecho Internacional.

Tal vez la Academia Sueca quiere sugerir al Presidente Obama que se inspire más en Kant que en Hobbes, más en construir la paz que en dividir al mundo entre amigos y enemigos. Quizás eso es lo que busca...o no se puede entender que le otorgue el Nobel de la Paz a quien, hasta el momento, no ha mostrado con acciones eficaces cuál es su relación concreta con la paz internacional.

viernes 16 de octubre de 2009

Votos y principios, ¿son compatibles? , por Sergio Melnick.




Nuestra clase política está lamentablemente muy desprestigiada. Y la política es fundamental para un país. De acuerdo con la encuesta Adimark de septiembre, un 61% rechaza la labor de la Cámara y un 56% la del Senado. Esto es demasiado grave: son esas entidades las que definen, literalmente, a través de las leyes, lo que es el bien y el mal en el país. Si ello es así, las leyes generadas por este Congreso tienen un dejo no menor de ilegitimidad. Gran parte de la responsabilidad, no obstante, la tiene el Ejecutivo, el que posee la iniciativa parlamentaria y fija la prioridad y ritmo de la agenda. Malas leyes son difíciles de arreglar en el Congreso, y quedan durmiendo el sueño de los justos.

También el gobierno es oportunista y fabrica leyes improvisadas para efectos electorales, que resultan en general muy nocivas, y quedan para siempre, y al final no se cumplen cabalmente. Como dice Lamarca, “las prisas pasan, las cagadas quedan”.

Pero gran parte del desprestigio viene también de las conductas de nuestros legisladores. Con las debidas excepciones, no son en realidad una élite intelectual, ni menos destacan por su sabiduría, dos elementos críticos al momento de tener que definir el bien y el mal para todos. Y no lo son, porque deben buscar el voto popular, que proviene básicamente de las masas. Esa es una debilidad de la democracia en países con poblaciones con poca educación. Ese es el pasto del populismo, de los Chávez y otros de esa naturaleza, que abundan en los países pobres.

Por esa mediocridad, es que un senador se permite hacer “copy paste” de Wikipedia para temas tecnológicos que probablemente no entiende a cabalidad. Muchas veces las salas están vacías, y se los ha visto bailando el koala, haciendo spots de fútbol, frecuentando la farándula, gritando en el hemiciclo, insultándose y hasta dándose manotazos, unos votando por otros o mirando pornografía. Se escuchan realmente poco entre ellos, y los partidos votan en bloques, lo que no admite realmente el diálogo. Sus manejos de recursos son muchas veces poco prolijos. Y son la élite del país. “Los elegidos”.

Detrás de nuestros parlamentarios están los partidos, entidades fundamentales para la política. Sin embargo, un 50% de la población dice no estar identificada con las colectividades actuales y 3 millones de personas que no quieren ni siquiera votar. Cuando la misma población señala que los problemas que la agobian son la delincuencia, salud, empleo, educación, sueldos, pobreza, drogas, corrupción, nuestros políticos quieren cambiar la Constitución, crear un segundo tipo de matrimonio o nacionalizar a Bielsa de urgencia. Algo huele mal en Dinamarca.

Además, las personas son muy curiosas en sus opiniones. Un 46% estima que el Gobierno lo hace mal en educación y sólo un 40% dice que bien. Eso se agrava en salud: un 51% dice que lo hace mal, contra un 40% que apoya. En el Transantiago, para qué le digo. En corrupción, un 67% dice que el Gobierno lo hace mal, y nada menos que un 83% dice que lo hace mal en la delincuencia. Es decir, lo hace mal casi en todo, y no obstante la popularidad de la Presidenta sube: ¿es eso coherente? Más bien ratifica que la popularidad no es sinónimo de buen gobierno. Las comunicaciones dan para muchos espejismos.

La paradoja es que, al final del día, los únicos que pueden cambiar la política son los políticos, porque los países operan en estados de derecho y porque los partidos son el eje. Pero en vez de subir los requisitos para ser legislador, se han bajado. El resultado es obvio: parlamentarios de menos calidad. En vez de tener códigos de comportamiento más estrictos para esa élite legislativa, la cosa es al revés.

Finalmente, nuestra clase política es vaga a la hora de hablar de sus valores. Vemos a políticos que se declaran cristianos, pero que apoyan la píldora del día después, o que en los hechos relativizan la importancia de la familia. Otros hablan de “los valores de la clase media” como si éstos existieran y estuviesen codificados en alguna biblia popular. Casi todos hacen gárgaras con los derechos, pero nunca hablan de las responsabilidades. Son todos generosos con las platas de los demás, no con las propias. Y en tiempos de elecciones aparece lo peor de todos ellos, porque deben conquistar los votos masivos, y les da lo mismo prometer y mentir.

Yo creo que si es que hay que transar valores e ideas para ser elegido, es mejor no serlo. Con sólo este principio, empezaría a mejorar la política.

jueves 15 de octubre de 2009

FUTBOL Y POLITICA




Fútbol, pasión para cuatro,
por Gonzalo Rojas Sánchez.

Existe toda una sociología sobre las relaciones entre fútbol y política. Que si los gobiernos lo usan para aumentar su popularidad o desviar la atención; que si conviene que ganen los equipos grandes para que los conflictos sociales se atenúen; que si las barras bravas son escuelas de anarquismo; que si la pasión nacionalista se galvaniza con las victorias y puede ser utilizada en aventuras de conquista. Todas esas teorías... y muchas más.

Pero ese conjunto de miradas se refiere a lo que pasa fuera de la cancha, desde las tribunas del estadio hasta la población marginal, desde el pitazo final a la violenta celebración de trasnoche, desde la mirada del simple espectador al sofisticado análisis de los asesores gubernamentales. Poco se ha reparado —casi nada— en la enorme importancia para la política de lo que sucede dentro de la cancha. Para hacer bien la relación, claro, hay que saber de fútbol o, al menos, querer entenderlo. Y, obviamente, hay que estar en la política con ganas paralelas de aprender: algo bastante más escaso, por cierto.

Lo que sigue, entonces, está destinado sólo a los actores públicos que vieron las clasificatorias, vaticinaron resultados, comentaron los partidos y buscaron sacar provecho de las victorias mediante declaraciones o contactos con los jugadores. O sea, está destinado a todos los políticos chilenos, absolutamente a todos... ya que como todos están en campaña, ninguno se privó de la secuencia descrita.

Aquí va, para todos por igual; y gratis.

Primero la importancia del tema: El fútbol. Sí, lo que pasa dentro del rectángulo es, por su perfección, la más alta manifestación de la cultura humana (y de ahí su carácter ejemplar imprescindible para esa otra dimensión altamente decisiva, llamada política). Inventado por the british, es decir, por los mismos gestores de la más estable fórmula de gobierno contemporánea, el fútbol conjuga las dosis perfectas de ética, lúdica, bélica y estética. O sea, tiene ya logrado lo que se le pide a todo gobierno: que promueva el bien, que lo haga con levedad (porque hay bienes superiores), que combata el mal y que todo lo haga bellamente.

Segundo, los mensajes claros que pueden deducirse para los cuatro más importantes políticos en carrera, si de ética, lúdica, bélica y estética hablamos.
Para Piñera, que aumente su sentido bélico, aprendiendo que hay ideales que no se transan y que exigen confrontación; y que disminuya su sentido lúdico, porque aún no gana. Para Frei, que aplaque su belicismo de equipo en crisis y que reflexione sobre la dimensión ética que caracterizaba a sus colores, hoy muy olvidada.

Para Enríquez-Ominami, que modere su sentido estético, porque gobernar es mucho más que impresiones y formas; de paso, que se pregunte por qué existe la ética. A Jorge Arrate no cabe sino recordarle la necesidad de tener bajo control sus afanes bélicos (incluso a él le podrían sacar tarjeta roja) y la conveniencia de pedir uno que otro consejo sobre lo lúdico, porque poco ilusionado se le ve al hombre.

¡Mira si entendieran de fútbol, del verdadero, qué clasificatorias presidenciales tendríamos!

Cuando Marcelo Bielsa recién llegaba a Chile, en otra columna, en otro espacio, sostuvimos que de inmediato el Gobierno debía declararlo peligro público y expulsarlo lo antes posible del país. Venía a trabajar, sostuvimos, con respeto completo a las normas éticas, con total comprensión de la subordinación del juego a lo trascendente, con afán indomable de victoria limpia y con formas exteriores cuidadas y pulcras.

Un estilo irresistible para los modos de gobernar de la Concertación y algo aún ajeno para los actuales candidatos.

miércoles 14 de octubre de 2009

Bielsa: mucho más que un buen entrenador, por Cristina Bitar.



La clasificación de la Selección nacional al Mundial de Sudáfrica ha sido una alegría que hemos compartido todos los chilenos: el triunfo como visita en Colombia fue el broche de oro de una campaña exitosa en que vimos partidos excepcionales. En un año en que la crisis económica trajo dificultades a muchos hogares, el fútbol fue un consuelo que les hizo más dulces las penas a miles de chilenos. Pero a diferencia de otros triunfos deportivos, particularmente de otras selecciones que también han clasificado para otros mundiales, esta vez flota en el aire que algo ha sido diferente, algo que va más allá del fútbol. Esa diferencia la ha puesto Marcelo Bielsa, un entrenador que ha calado hondo en el alma nacional, un argentino que con sencillez, hasta con humildad —contradiciendo la caricatura que solemos hacernos de los trasandinos—, nos ha mostrado varias cosas que haríamos bien en extrapolar a muchas otras actividades.

La más importante es la actitud que imprimió al equipo. Bielsa juega para ganar, no se achica ante nadie. Si va a Brasil de visita, va a ganarles a los brasileños. Nada de empates, ni menos de triunfos morales. Si en Sudáfrica nos tocara un grupo con Alemania, Italia y Brasil (para los expertos en fútbol, aclaro que sé que ello no es posible en primera ronda), Bielsa no sacaría la cuenta de las posibilidades que tiene de ser el “mejor tercero”: iría a ganar el grupo, pero de verdad. El sabe que si se hace el trabajo a conciencia, se le puede ganar a cualquiera. Lo suyo no son sueños ni falta de realismo. Al contrario, les demostró a los chilenos que a nivel sudamericano no somos malos, que somos capaces de estar entre los mejores, que podemos jugarle de igual a igual a cualquiera que se nos ponga al frente.

Otros lo han dicho ya: Bielsa confió en los jóvenes. Hizo una renovación total del fútbol chileno. Fue capaz de ponerse por encima de cualquier interés, no le tembló la mano para dejar en la banca al que consideró necesario sacar de la cancha. Se ganó el respeto de los jugadores y todos terminaron aceptando disciplinadamente lo que él decidía. Cuántas actividades mejorarían si fuéramos capaces de hacer esa renovación y les diéramos espacio a los jóvenes, pero espacios de verdad. Ministros o gerentes generales de 30 años o menos.

En tercer lugar, quiero destacar la firmeza de sus convicciones. En las buenas y en las malas se mantuvo firme. Siempre tuvo claro lo que estaba haciendo y en el triunfo y la derrota siguió fiel a su concepto. Recuerdo una derrota con Brasil en Santiago en la que se levantaron voces diciendo que a ese país no se le puede jugar al ataque, porque se dejan muchos espacios, porque Brasil en el contraataque es letal, etc. Pero también recuerdo que cada vez que perdimos con Bielsa me dolió menos que otras veces, en que salíamos “arratonados” y perdíamos igual. Bielsa no discutió con nadie, nada de polémicas. Silencio y trabajo. Esa fue su respuesta.

Cerremos los ojos y pensemos por un momento en un Chile que de verdad quiere ser un país desarrollado, que se compara con Nueva Zelandia o con Corea y que les quiere ganar, para lo que está dispuesto a hacer lo que hay que hacer, sin complejos ideológicos, sin discusiones bizantinas. Un Chile al ataque: con flexibilidad laboral de verdad, con un Estado eficiente, descentralizado, sin estatutos que lo hacen rígido e ineficiente, con muchas empresas que salen al mundo a competir en países desarrollados. Se puede, Bielsa nos mostró que se puede.