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martes, 18 de octubre de 2011

«Renovación» concertacionista: ¡La derecha tiene la culpa!, por Eugenio Guzmán.


«Renovación» concertacionista:

¡La derecha tiene la culpa!,

por Eugenio Guzmán.



Renovarse en política no es asunto fácil. Aunque se diga que allí no existen los muertos y que siempre hay modo de resucitar, lo cierto es que cualquier proceso de conversión o transformación no es trivial. De allí que, a pesar de que las derrotas electorales, cuando son dramáticas, tienden a afectar profundamente a los partidos y bloques, los políticos traten por todos los medios de evitar cambios muy drásticos, puesto que ello puede acelerar el deterioro y descomposición internos. Dicho de otro modo, los políticos intuyen que el exceso de dramatismo a raíz de una derrota puede acelerar una crisis; vale decir, es importante evitar que cunda el pánico.



En el caso del proceso político que ha experimentado la Concertación después de su derrota en 2009 no ha estado exento de propuestas tendientes a refundarla... desgraciadamente echando mano a nombres muy poco “imaginativos”, por decir lo menos. Lo concreto es que sus niveles de popularidad paupérrimos (no supera el 17% de aprobación) no hacen más que recordarle mes a mes al conglomerado que las cosas no andan bien y que lo desarrollado hasta ahora es insuficiente o al menos no ha tenido los efectos esperados. Incluso, respecto del movimiento estudiantil, que podría haber sido una tabla de salvación, en los hechos el rechazo de los propios estudiantes ha venido a agravar aún más las cosas.



Así, la Concertación ha experimentado con distintas fórmulas, algunas más exitosas que otras, pero ninguna ha redituado en mayor popularidad; más bien, podría decirse que han tenido un efecto potente en desacreditar al Gobierno, pero en modo alguno en mejorar la imagen pública del bloque. A modo de ejemplo, la tesis de la “letra chica” ha tenido una profunda repercusión sobre la desconfianza en la labor legislativa del Ejecutivo, pero no ha sido capitalizada. Asimismo, los intentos de apropiación de temas tales como el lucro (donde incluso algunos parlamentarios de derecha han tratado de subirse al carro) tampoco parecen haber surtido efecto. Por su parte, las críticas al no cumplimiento de las promesas de campaña de la Alianza no cabe duda que impactaron en el Gobierno, llevándolo a presentar o simplemente anunciar proyectos de ley de manera precipitada e incluso imprudente; no obstante, tampoco han mejorado la imagen de la Concertación. Por último, el intento de algunos sectores de “negarle la sal y el agua” al Ejecutivo, en una lógica de oposición absoluta, tampoco parece romper el dique de la indiferencia de los encuestados.



Ahora, al parecer, la nueva fórmula renovadora se encuentra en un planteamiento recurrente: ¡La derecha tiene la culpa! En efecto, en el intento de subirse al carro del malestar, surge una pregunta crítica después de los 20 años en que dicha coalición estuvo en el poder: ¿Por qué no se abordaron muchos de los temas que hoy aparecen en la agenda? La respuesta es ingeniosa: ¡La derecha no dejó gobernar! ¡La derecha no quiso hacer esto ni aquello! ¡No pudimos porque no nos dejaron hacer las cosas!



En política los argumentos deben ser simples para que tengan efecto, y éste lo es, puesto que requiere del imputado, en este caso la derecha, una explicación, la que por lo general es más compleja que la acusación. Así, a través de esta fórmula, es posible delinear un «monstruo», la derecha, y desembarazarse de toda responsabilidad. El problema es que ello no siempre funciona. A veces, los hechos valen más que los argumentos y su contraste con lo que hoy se dice impide usar tan indiscriminadamente la estrategia de culpar a la derecha. Por ejemplo, el acuerdo educacional celebrado por la Presidenta Bachelet con todos los presidentes de partido, incluidos por cierto los de la Alianza, contradice notoriamente el discurso de que la derecha no dejaba gobernar. La firma de Ricardo Lagos en las reformas a la Constitución en 2005, que lo llevaron a plantear que ella ahora expresaba “la unidad de todos los chilenos”, es otra muestra de lo mismo. Y en cuanto a los intentos de reforma electoral que no resultaron en acuerdos son otro ejemplo que requiere una explicación más profunda.



Es probable que la agenda opositora se mueva en la dirección de satanizar el pasado, atribuyendo los resultados a las fuerzas del mal (la derecha). No obstante, tendremos que esperar para ver si ello tiene efecto en la aprobación del sector o simplemente se trata de otra estrategia fallida.

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