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martes, 20 de diciembre de 2011

Navidad, por Adolfo Ibañez.




Navidad, por Adolfo Ibañez.


Es una de las fiestas más significativas del calendario religioso. Para comprenderla cabalmente, es preciso ubicarla en el contexto del Hemisferio Norte: pleno invierno, tiempo oscuro y gélido. El nacimiento del Niño Dios en esas circunstancias constituye una afirmación de la vida que llena de alborozo. Confirma, de paso, el dicho popular de que amanece por donde está más oscuro.



Es la fiesta de los niños, pues ellos reafirman la vida y aseguran su continuidad. Al celebrarlos y festejarlos en esta fecha le rendimos culto a este fenómeno -o misterio- central que es la continuidad a través de las generaciones. Y la religión lo santificó, identificándolo con el nacimiento del Niño Dios, acontecimiento que inicia la vida terrenal del Mesías.



Actualmente esta celebración se ha desacralizado. Pero no se trata de que se haya vuelto a unos pretendidos y remotos orígenes, liberándola de lo religioso que se le habría agregado en algún momento de los tiempos (habría que dilucidar si las religiones son una incorporación cultural producto de la historia, o simplemente un fenómeno esencialmente ligado a la humanidad desde el comienzo de la vida).



La festividad ha perdido lo religioso en cuanto se la ha despojado de su sentido vital y espiritual, para transformarse en un motivo más de goce material desprovisto de todo contenido trascendente. Por este camino llegamos al formato actual, que la ha convertido en una temporada de mall (época sublime para "molear"), durante la cual las grandes tiendas cubren literalmente las ciudades con su publicidad, pretendiendo que identifiquemos esta última con una manifestación excelsa del arte, que contribuye a embellecer y dignificar la vida urbana.



El contexto de esta desacralización lo expresan las formas abiertas o encubiertas que atentan contra la vida, como el control de la natalidad, las tendencias abortivas y la magnificación de las homosexualidades. También es pagano el culto al presente, con completo olvido de que éste fue trabajosamente construido por infinitas generaciones anteriores, y de que ahora estamos abriendo el cauce por donde discurrirán los que nos sucedan.



Así como la religión nos re-liga con el pasado y el futuro, en un continuo que nos saca del tiempo hacia la eternidad, vinculándonos con lo divino, la paganización nos des-liga de los fenómenos esenciales, llevándonos hacia el vacío y la nada. El Niño Dios y la fiesta navideña expresan la trascendencia de la vida en su incesante recreación.

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