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miércoles, 7 de diciembre de 2011

Las palabras y la crisis, por Eugenio Guzmán.



Las palabras y la crisis, por Eugenio Guzmán.





La idea de una crisis de representación de la política chilena no es nueva. Desde hace años se habla de crisis de calidad: de la política, del sistema electoral, del sistema de partidos, etc. El problema es que, como dice un gran amigo, en nuestro país tenemos la costumbre de suponer que las palabras significan nada. El "nos vemos", el "te llamo", el "juntémonos" son vivas expresiones cotidianas de ello. ¿Qué concluimos cada vez que nos encontramos con algún "amigo" y después de algunas "palabras" nos despedimos sólo diciendo "veámonos... te llamo"? Muy simple: no se trata de un amigo, sino más bien de un conocido con quien sólo tenemos un diálogo cordial, sin mucho interés; más que intercambio de palabras, es un proceso de transferencia de sonidos preprogramados en un módulo mental que llamaría "encuentro con un conocido". Por cierto, un signo de civilidad, un razonable nivel de hipocresía.



Sin embargo, las palabras sí significan, los niveles de hipocresía tienen límites y el cuidado en el empleo de ellas exige considerar el contexto en que se usan. Si no, veamos lo que ocurrió con la carta de excusas de La Moneda para el homenaje a Krassnoff, las declaraciones de Jaime Gajardo sobre las prácticas sionistas y el ministro del Interior, y las declaraciones de Arturo Martínez y los profesores de filosofía.



Una mirada a las distintas democracias en el mundo nos muestra que, con todas sus deficiencias, el sistema político chileno ha conseguido logros significativos. Tal vez la mejor prueba de ello es la reducción de la pobreza. Se dirá que el problema hoy es la desigualdad de ingresos y los abusos que el sistema no ha logrado resolver, pero de allí a hablar de crisis...



¿Qué democracia en América Latina (y en el mundo), a excepción de Costa Rica y Uruguay, exhibe niveles de solidez institucional mayores que los nuestros?



Cuando se habla de crisis, ciertamente enfrentamos un problema semántico, puesto que, o hacemos las salvedades correspondientes, o el término no significa mucho, y cuando verdaderamente llegue una crisis (esperamos que no), no sabremos cómo rotularla. De allí la importancia de advertir matices. Los "indignados" en España protestaban en un contexto económico con tasas de desempleo del 21% y en Grecia con tasas del 18%, y del 45% en menores de 25 años. ¿De cuándo acá que en democracia no hay conflicto? ¡Pero si de eso se trata la democracia: de resolver los conflictos por vías institucionales!



Podría parecer una crisis de representación del sistema político chileno que el 40% de las personas en edad de votar no están inscritas. Sin duda, es un problema, como muchos otros incluso más importantes. Pero, ¿a alguien se le impide ir a inscribirse? ¿Es tan difícil hacerlo? ¿Será necesario que obliguemos a la gente a hacerlo? Un detalle: a octubre de 2011 se habían inscrito 13.610 jóvenes entre 18 y 19 años; es decir, aproximadamente 2,3% del total de ese grupo de edad (los otros quizá no tenían tiempo o estaban en otra). Se dirá que no se inscriben porque las cosas no cambian. Ese no es un argumento, sino una profecía autocumplida. Nadie habla de crisis en Canadá porque sólo el 57% de las personas en edad de votar lo hizo en 2011, o en Costa Rica, donde lo hace sólo el 62,3%. Los ejemplos van en todas direcciones: en Bolivia y Ecuador vota más del 85%, y por fin en Venezuela la participación subió de 23,9% en 2005 a 66,6 en 2010.



La política y los políticos chilenos tienen muchas deficiencias, pero no vienen de Marte: provienen de nuestra propia sociedad. El problema es que la sabiduría popular reconoce que tener grandes poderes entraña grandes responsabilidades. En esto radica su desprestigio frente a un público que quiere resultados ahora. Pero los problemas del país no tienen solución ahora ya, y los políticos tienen que ser responsables en las soluciones que propongan.

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