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martes, 28 de septiembre de 2010

Celebraciones, por Adolfo Ibáñez.


Celebraciones,

por Adolfo Ibáñez.

Las nutridas actividades que se programaron a lo largo del país realzaron el regocijo con que la población celebró el Bicentenario. En esta ocasión se notó un énfasis especial en todos, lo que permitió sostener la fiesta durante los cuatro días.

En los sectores de élite, aquellos que expresan sus ideas principalmente a través de discursos oficiales, actos institucionales y medios de prensa, se manifestó una tónica interesante: menudearon las referencias a la unidad y la fraternidad del país y, también, ofrecieron un recuento notable de lo que fueron las celebraciones de hace cien años.

Sin embargo, estuvo completamente ausente en aquella mirada de la élite el recorrido por el siglo transcurrido. En cien años más se observará con asombro que en Chile nada habría ocurrido durante el siglo XX. Este vacío de historia se contrapone con las reiteradas y destacadas alusiones a la unidad. La pregunta obvia apuntará a averiguar qué sucedió durante esos años que hizo tan necesario reiterar en esta ocasión nuestra fraternidad.

Y no tardarán en descubrir que predominó un ánimo diametralmente opuesto al espíritu republicano que animó las celebraciones de 1910. Este último se expresaba en la responsabilidad para participar en la vida colectiva y en la conciencia de que cada uno debía aportar lo suyo y respetar lo de los demás: los obreros con sus cuentas de ahorro y que formaban sociedades mutuales para defenderse de las adversidades de la vida constituyen el mejor ejemplo.

A partir de los años veinte del siglo pasado comenzó a magnificarse el Estado, es decir, el Poder Ejecutivo, para imponer soluciones globales y con rapidez. Fue así como se incrementó notablemente el tamaño y el poderío interventor de la Administración Pública, la que paulatinamente fue adquiriendo potestades legislativas y jurisdiccionales en las más variadas áreas. Ellas fueron justificadas, en cada caso, por una pretendida ejecutividad para resolver situaciones puntuales, siempre planteadas como de estricta justicia, en circunstancias que sólo afirmaban beneficios para unos pocos, y siempre en perjuicio de aquellos sin voz ni capacidad de presión para resistir a las oligarquías poderosas: gremios profesionales, sindicales y empresariales apoyados normalmente por partidos políticos y reparticiones públicas sectoriales, creadas especialmente para consagrar la participación privilegiada de los favorecidos.

Esto conllevó una frondosa, casuística y contradictoria actividad normativa, formada por leyes y numerosas otras disposiciones administrativas igualmente obligatorias. Se consolidó así la primacía incontrarrestable de la Administración Pública y de su titular, el Presidente de la República. Al mismo tiempo, disminuyó y desvalorizó a los poderes Legislativo y Judicial.

Este resultado estaba lejos del ánimo que impulsó a los que difundieron estas ideas cien años atrás, pues ellas constituyeron un testimonio del espíritu republicano y democrático que animaba a los hombres de entonces. El efecto no deseado fue la muerte de dicho espíritu.

El desarrollo del estatismo alcanzó su culminación durante la década revolucionaria que sacudió totalitariamente al país antes de 1973. Sus protagonistas fueron los partidos políticos que surgieron durante los años cuarenta y cincuenta. También la Iglesia Católica, movilizada tras la quimera de cristianizar la revolución. Así fue como se llegó en los años sesenta al apogeo de las imposiciones siguiendo a las ideologías antidemocráticas, privilegiando el odio que liquidó la unidad de los chilenos y todo vestigio del espíritu y del orden político republicano, única y finalmente inútil defensa para el grueso del país frente a la escalada de la violencia revolucionaria.

Esto obligó al gobierno militar a replantear las bases de la organización política y de la administración del Estado para hacer viable la supervivencia de la nación. Pero el espíritu republicano yace aún extraviado y su restablecimiento no depende sólo de una mecánica constitucional. Esta pérdida, unida al horror de la revolución que casi se consumó, y respecto de la cual todos eluden sus responsabilidades, ha llevado a no mirar la historia de estos últimos cien años.

Para superar este vacío es preciso hacernos cargo de nuestros desvaríos y de regenerar la esencia republicana mediante tareas de envergadura que abran oportunidades a cada uno y conduzcan al encuentro de todos. Lograda esta meta, ya no será necesario ocultar el tiempo vivido y los chilenos del futuro celebrarán naturalmente unidos el camino que recorran y las metas que conquisten.