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martes, 2 de febrero de 2010

Boeninger, Valdés y Donoso, por Roberto Ampuero .


Boeninger, Valdés y Donoso,

por Roberto Ampuero .


Durante este verano leí tres memorias que me cautivaron y recomiendo leer, o volver a leer, ahora que las elecciones pasaron y estamos en condición de desplegar la mirada hacia horizontes más amplios: “Chile rumbo al futuro. Propuestas para reflexionar”, del “arquitecto de la transición chilena”, Edgardo Boeninger; “Sueños y memorias”, del ex canciller Gabriel Valdés, y “Correr el tupido velo”, de Pilar Donoso, quien narra de forma valiente la vida de su padre, el escritor José Donoso. Conviene revisitar estos libros porque enseñan a entender mejor Chile, una capacidad que, me temo, hemos ido perdiendo debido a una tendencia a imponer esquemas sobre su historia y sus ciudadanos.


En una etapa en que la clase política es vista con escepticismo por la población, aunque ésta se volcó con entusiasmo en las campañas recientes, reafirmando su espíritu republicano, el libro de Boeninger adquiere mayor significado. Debiera ser texto obligatorio para nuestros políticos, porque pone de relieve precisamente lo que uno espera de ellos: un intelecto tolerante y generoso, dedicado a pensar un país unido y a elaborar propuestas bien fundamentadas para la superación de los desafíos nacionales. Uno puede compartir o no su legado de reflexiones, pero sin duda éstas muestran a un político de otro nivel, apartado de la borrasca cotidiana, entregado a visualizar un país mejor. Es el tipo de liderazgo que puede contribuir a recuperar la imagen de la clase política ante el ciudadano.


Otro texto insoslayable es “Sueños y memorias”, que recrea la historia reciente desde la óptica de Valdés, testigo privilegiado del devenir político desde la segunda mitad del siglo XX. El autor desempolva la historia y la coloca ante nosotros como un novelista que pasea sus personajes ante el lector. Hay una visión subjetiva en estos relatos, desde luego, pero también honestidad, profundidad, tolerancia y sabiduría; hay algo difícil de definir que emana de su experiencia, de aquello que sólo los años —y Valdés tiene 90— brindan a veces a la persona. Si fuésemos Japón, Estados Unidos o Alemania, exploraríamos ávidos estos textos que surgen de experiencias sólidas, y nadie llamaría a descartarlas por la edad de sus autores, como ha ocurrido. En nuestras escuelas y universidades debieran leerse más memorias de personalidades y también de personas corrientes, ajenas al poder, cuyas versiones, encontradas, contradictorias, integran la entreverada memoria nacional.


También es un tour de force el libro de los Donoso. Hay allí aspectos clave que comentaristas descuidan: la contradictoria relación de José con Chile, su tortuoso nexo con la escritura, su miedo a la muerte, y su visión del olvido como práctica nacional. Desde el extranjero, donde residió años, Donoso desea cultivar sus raíces, pero las entiende asimismo como “cadenas que pesan y coartan”. Admite que quisiera escribir eternamente, pues intuye que pronto lo olvidarán, y dice: “Escribo sobre todo para saber por qué escribo”. Cree que “La muerte es la falta de lenguaje”. Y confiesa a su hija que lamenta haberla criado sin raíces e instalado entre “gente solitaria...sin patria, porque no hemos compartido los destinos de la patria y ya casi no hablamos su idioma...”. Subraya, no obstante, que de ese modo le otorga la gran libertad para construirse la identidad que ella elija.