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viernes, 30 de marzo de 2012

Analfabetos “funcionales”.






Analfabetos “funcionales”,
por Margarita María Errázuriz.


Es realmente sorprendente que en pleno siglo XXI una sociedad como la nuestra, que se precia por estar en las puertas del desarrollo, no haya sido capaz de impulsar oportunamente los cambios que el país requiere. Ahora éstos están siendo exigidos por los sectores afectados y ello tiene costos más allá de satisfacer a sus demandas. Ninguno de nosotros —sea gobernante, representante del pueblo, líder de opinión o simple ciudadano— puede decir que no estaba al tanto de las puntas de iceberg que aparecían por todos lados mostrando serias falencias.


Mirando hacia atrás, cuesta entender que no nos hayamos inmutado ante la pérdida de confianza en la autoridad y en las instituciones; la demanda por una mayor participación en la toma de decisiones; el ahogo de los padres por las deudas contraídas para pagar la educación de sus hijos; la necesidad de recursos en las regiones. Todos estos problemas no fueron considerados, a pesar de que la falta de confianza y el reclamo por la poca participación en la toma de decisiones afectan a la democracia, y que tanto la educación como un desarrollo equilibrado del territorio nacional son ejes críticos para nuestro crecimiento. A estas alturas, es válido preguntarse qué nos pasó como país.


A muchos extraña que haya descontento si hay grandes logros económicos y si, en general, cada uno de nosotros está mejor que años atrás. A mi parecer, hemos estado tan preocupados por crear una plataforma económica personal y a nivel de país para poder despegar, que no hemos pensado en nada más. Esa mejor vida que hemos logrado, para sostenerla y ampliarla, exigía un desarrollo social equivalente. Creemos que preocupándonos de las políticas sociales, teniendo un sistema de protección social, vamos por el camino correcto para alcanzarlo. No es así. Estas medidas constituyen sólo una de sus dimensiones —la más evidente— porque incorpora a los servicios sociales a la plataforma que hemos estado preocupados de crear. Eran del todo necesarias, pero la columna vertebral del desarrollo social es su cultura democrática y cívica. Sin ésta, la economía y los beneficios sociales no tienen una base sólida sobre la cual asentarse. Y en este campo somos prácticamente analfabetos funcionales. Lo aprendido no sabemos practicarlo y, lo que es peor, creemos que carece de importancia. Es más, a veces tenemos actitudes que no contribuyen a consolidar dicha cultura. Un buen ejemplo son las sonrisas de muchos cuando los estudiantes saltaban sobre la mesa de una de las comisiones del Congreso. Fue considerado un episodio divertido, sin reparar en que se socavaban los valores y la convivencia democrática.


Hasta ahora en nuestro país el desarrollo social ha sido el pariente pobre. Días atrás, conversando con un amigo sobre la falta de apoyo a la investigación social, el menor interés relativo por formarse en ciencias sociales y la escasa valoración de estas disciplinas, me decía que la razón era simple: si no contamos con esos esfuerzos, sin esos profesionales y su aporte, no pasa nada, la vida sigue igual. Para mí hoy está a la vista que es justo al revés: la causa de los problemas y de las movilizaciones actuales es que hemos postergado el desarrollo social. Por ejemplo, no contamos con un desarrollo institucional que permita solucionar los conflictos al margen de tribunales y fórmulas legalistas para resolver litigios. Necesitamos crear canales de conversación ciudadana institucionales; incorporar una visión cívica a nuestra convivencia y asumirla con responsabilidad; hace falta la tan mentada y poco comprendida amistad cívica. Contar con estos recursos cambia el fondo y la forma de los problemas.


Con esta reflexión me gustaría abrir un intercambio de ideas, una conversación sobre el desarrollo social y nuestra cultura cívica. Nos hace falta debatir y aportar formas de abordar este tema y ponerlo en la agenda de nuestros intereses y preocupaciones.


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