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miércoles, 21 de marzo de 2012

Reforma tributaria y principios, por Germán Concha Zavala.




Reforma tributaria y principios,
por Germán Concha Zavala.


En la discusión que se ha venido dando en las últimas semanas sobre una reforma tributaria, algunos han planteado la necesidad de prestar especial atención a los principios involucrados en esta clase de materias. En ese contexto, parece apropiado tener en cuenta las consideraciones siguientes:


En primer lugar cabe preguntarse a quién se reconoce primacía: ¿a la persona o al Estado? Si se estima, tal como lo hacen las bases fundamentales que configuran nuestro ordenamiento institucional, que el rol fundamental en el desarrollo les cabe a las personas, entonces no parece lógico que la primera reacción sea demandar más recursos para que el Estado intervenga. En décadas pasadas, Chile fue pionero en la búsqueda de soluciones privadas para los problemas públicos. No se ve por qué haya que abandonar ahora esa lógica. De ahí la importancia de que la obligación de probar recaiga en quien propone la intervención estatal, de manera que ésta sólo se admita cuando se haya demostrado, previamente, que ella resulta indispensable.


No hay que olvidar que, al aumentar los tributos para financiar una mayor intervención del Estado, se está afectando a las personas doblemente: por una parte, se les priva de recursos que podrían haber usado libremente, y, por otra, se restringe su campo de acción al aumentar el del Estado.


En segundo lugar, es necesario dimensionar el impacto que la carga tributaria tiene en la propiedad privada, cuya protección es uno de los elementos centrales de nuestro ordenamiento institucional. Desde antiguo se ha reconocido el grave poder que representa la denominada potestad tributaria. Es por ello que se la ha sometido, también desde antiguo, a controles.


En este contexto, no parece argumento suficiente para justificar el alza de un tributo el que se afirme que quienes se verán obligados a pagarlo cuentan con los recursos suficientes para hacerlo. Primero, porque sería absurdo (además de contrario a derecho) establecer un tributo que no se pueda pagar. Segundo, porque tal argumento parece implicar la muy peligrosa lógica de que el derecho de propiedad sólo ha de ser respetado respecto de quienes no superan un cierto nivel de patrimonio (la historia de Chile muestra cuán graves pueden ser las injusticias que se cometen cuando se sigue por ese camino). Y, tercero, porque ese argumento favorece que operen los incentivos perversos que aparecen en general cuando algunos (en este caso, quienes fijan un tributo) resuelven sobre el destino de los recursos de otros (en este caso, quienes lo pagan).


En tercer lugar, hay que revisar cómo se compatibilizan las alzas tributarias con el respeto a la libertad individual. Cabe preguntarse si puede el Estado privar a una persona de lo que ha obtenido con su esfuerzo personal, pretextando que con dicha privación se hace posible redistribuir los bienes de manera que ellos queden repartidos conforme a un esquema que ha sido predefinido por el propio Estado. ¿Hasta qué punto puede hacerse tal cosa sin desconocer la libertad de las personas? 


Resulta muy importante tener en cuenta que el peso de los tributos golpea de manera más fuerte precisamente a aquellos que están tratando de reunir un patrimonio suficiente para ser económicamente independientes del Estado (lo que no deja de ser esclarecedor cuando se revisa qué líneas de pensamiento tienden a ser más proclives a las alzas de tributos). Es por ello que, precisamente para proteger principios, parece apropiado comenzar una discusión acerca de una reforma tributaria preguntando cuáles son los tributos que se van a reducir.



martes, 20 de marzo de 2012

Dios no está de más.




Dios no está de más,
por Luis Eugenio Silva.





Los últimos papas y pensadores de muy diversas tendencias vienen afirmando que el fondo de la crisis de Europa y Occidente es valórico. Se vive una especie de guerra de culturas que tienen antagónicos conceptos del hombre. Las respuestas a las preguntas de qué es el ser humano y cómo ha de vivir van desde el materialismo más puro hasta, aunque minoritariamente, el espiritualismo. Y la fuerza del Evangelio se enfrenta con una corriente que ha dejado a Dios de lado, y así, como decía San Agustín, al no conocer a Dios, no se conoce al hombre, y podemos hacer de él lo que se quiera.


En el siglo XIX, grandes figuras antiteístas (Feuerbach, Marx, Nietzsche, entre otros) buscaron desenmascarar las razones, raíces y génesis de la idea de Dios, ubicándola en una conciencia, para ellos, equivocada o absurda. Pensaron que así Dios saldría de la cultura y las religiones sucumbirían; también pensó algo así Comte antes que ellos: la ciencia lo explicaría todo. En el siglo XX, estas ideas pasaron a ser generales. Se fue pasando de una cultura de la fe a la de la increencia o indiferencia; de un mundo tenido como creación divina, a uno hecho por la mano humana y la ciencia. Así se habría cumplido el «Dios ha muerto». ¿Pero ha sido todo así? No lo parece. Las religiones continúan y el cristianismo, a pesar de sus crisis, está vivo y operando, si bien es cierto que parte del mundo vive como si Dios no existiera.


Durante enero y febrero he releído el enjundioso tratado de Olegario González de Cardedal, eminente teólogo español. Su título es «Dios», y estudia las consecuencias de no haber hablado rectamente del insondable misterio divino, que para la Iglesia tiene rostro en Jesucristo. Siendo graves los escándalos sexuales o los administrativos, y fundamental superarlos, los grandes desafíos que ha de enfrentar la Iglesia son tres: a) se ha terminado con la última utopía, el marxismo; b) la información está llevando a una universalización y transformación de las conciencias humanas, y c) el desencadenamiento de las diversas formas de violencia como método para la solución de los conflictos.


Hoy, cuando la crisis económica mundial pretende ser corregida por mandatos económicos de los poderosos, es cuando la Iglesia, con un lenguaje fiel a Cristo, pero moderno y que interprete la situación, ha de reencantar al mundo con su doctrina del ser humano, valioso en sí y no por lo que pueda crear o producir. Este lenguaje aún no lo tiene y debe buscarlo, pues es su hora, la de presentar las raíces de la crisis humana: el egoísmo y la avaricia, y sus efectos en la economía.


Se constata que es una realidad la universalización y transformación de la conciencia por los sistemas de comunicación rápidos y cambiantes. Esto es valioso pero puede causar daño. Véase la propaganda o las insinuaciones que se originan en las masas cuando son ambivalentes. Así, la comunicación, en sí valiosísima, ha permitido el reino del subjetivismo absoluto. La opinión personal autónoma es la regla. Las encuestas pasan a ser lo normativo, y se transforman en esquemas de códigos morales. Aquí la Iglesia, en vez de rechazar y condenar, en primer lugar debe ver el lado positivo de lo realmente subjetivo y, desde el corazón mismo de la comunicación, los auténticos valores que han de conformar los juicios de conciencia. ¿Es la nueva Evangelización el camino? Esperemos que sí. Cuando la doctrina eclesiástica se abrió al aristotelismo, en el siglo XIII, fue algo difícil y no fueron pocos los que lo rechazaban. Ahora estamos en una situación semejante ante la cultura del la conciencia subjetiva absoluta. No se debe mostrar temor, sino más bien precaver lo que puede ser negativo; es decir, una denuncia positiva. La Iglesia es depositaria del Verbo, palabra creadora, y debe usarlas con audacia y fe.


También hoy asistimos a una escalada de violencias, en los fundamentalismos religiosos y en las conciencias. Se debe condenar desde las más burdas hasta las más sutiles formas en que esa violencia se manifiesta, pero la Iglesia es siempre optimista ya que sabe y cree que un espíritu superior la guía, a pesar de la fragilidad humana. Von Balthazar, uno de los más grandes teólogos del siglo XX, amigo de Juan Pablo II y de Benedicto XVI ha dicho algo profético: “Nada ha dado fruto jamás en la Iglesia sin haber nacido de la tiniebla de un largo período de soledad, para salir a la luz de la comunidad”.