Promocione esta página...

miércoles, 2 de febrero de 2011

Conversaciones con un chofer del Transantiago, por Felipe Cubillos.


Conversaciones con un chofer del Transantiago,

por Felipe Cubillos.


La Teletón es de esas instituciones de la cual todos los chilenos sentimos un profundo orgullo, no sólo por lo que hace sino sobre todo por cómo lo hace. Y quizás lo más lindo, lo hace con el aporte generoso de millones de chilenos. En la última Teletón se recaudaron del orden de los US$ 38 millones.


Por otra parte, leo que las pérdidas del Transantiago en el año 2010 son de US$ 700 millones y que en los últimos tres años se han perdido más de US$ 1.400 millones. O sea, para decirlo en términos simples, nos estamos perdiendo 1,5 Teletón al mes con la “genialidad” del Transantiago!!!!!!!!!!


Y como soy de esos chilenos que no me gusta que los gobiernos boten nuestra plata, sobre todo con las enormes necesidades sociales que tenemos, trato de entender el problema. Decidí ir a conversar con los choferes del Transantiago para que me contaran cómo ellos veían la situación.


Los expertos criticarán mi modelo ya que seguramente no cumple con la rigurosidad técnica ni estadística que exige un tema tan trascendente; pero debo confesarles que cada vez que me ha ido bien en algo es cuando le pregunto a la gente.


Era viernes, estaba oscureciendo y estaba en la esquina de Tobalaba con Providencia y me iba a subir a cualquier bus que pasara, daba lo mismo; el primero que pasó era un bus oruga de la línea 503; pago mi pasaje y me siento en la mitad del bus. Iba prácticamente vacío. Cuando ya subía por Colón hacia Vital Apoquindo me llama la atención que van 4, sí 4 buses iguales en un espacio de dos cuadras. Ahí decidí acercarme a conversar con el chofer, perdón hoy se llaman operadores (esa cultura tan chilena que todavía cree que por el solo hecho de cambiar el nombre de las cosas ellas van a cambiar).


Juan es un chofer del Transantiago que antes trabajaba en los buses amarillos, sabe de su oficio, quiere a su familia y me confiesa que hoy la empresa le paga bien y le impone por la totalidad de sus ingresos. Mientras me explica que ninguno de ellos entiende por qué tienen que ir 4 buses uno al lado del otro cuando todos van vacíos, me dice que es porque el ministerio así lo dispone. Juan tiene conciencia ecológica, y mientras no más del 50% de sus pasajeros sube pagando el pasaje, me dice que no le hace mucho sentido que estos buses vacíos anden usando la calle y contaminando. Antes, me expresa, el empresario de los buses amarillos sabía cuándo salir a la calle. Sabio, Juan.


Oye, Juan, ¿por qué dejas pasar a toda esa gente sin que te paguen? Le pregunto ingenuamente. Y ¿qué quieres que haga? ¿Que me haga mala leche, que me amenacen? ¿Para qué? Si me pagan lo mismo. Me da lo mismo si me pagan o no, no es mi problema. Sabio, Juan.


Ya había pasado el tiempo y ya estábamos en el terminal de Vital Apoquindo y me encontraba conversando con varios “operadores”. Me cuentan que antes, con los buses amarillos, se llevaban el 20% del ingreso por pasajes y la totalidad del ingreso por el pasaje escolar.


¿Les gustaría volver a ese sistema? Les pregunto. Sí y no me responden. Antes nos respetaban, ahora no. Antes, nadie se subía sin pagar. Ahora la gente ya perdió la cultura de pagar y para que vuelva va a costar mucho, me dicen. Para volver a hacerlo vamos a necesitar que por un tiempo nos acompañe un carabinero, hasta que todo vuelva a la normalidad. Sabios, los choferes.


Y mientras volvía a mi casa, ya muy tarde, pensé que lo que falta es que si se quiere evitar el despilfarro debemos volver a hacer socios a los choferes y a las empresas (no más ingresos fijos) y que para evitar las carreras olímpicas que se quisieron evitar con los sueldos fijos de los choferes, la solución es usar los GPS y premiar/castigar para regular el cumplimiento del trayecto (una suerte de rally de regularidad).


Reconozco que del Transantiago no sé nada; reconozco, también, que no soy un usuario de este sistema, pero eso no me inhabilita para decirles que la mayor pérdida que estamos teniendo no es esa 1,5 Teletón al mes; el problema es mucho mayor, es la degradación moral de una generación que se está acostumbrando a no pagar por un servicio, mientras los que pierden son precisamente los que pagan y que verán aumentados sus pasajes. Una sociedad que premia a los pillos y hace que el costo lo pague la gente honesta es una sociedad enferma. Eso es lo verdaderamente grave, esa es la vergüenza.


martes, 1 de febrero de 2011

Egipto, ¿y ahora qué?, por Cristina Bitar.


Egipto, ¿y ahora qué?,

por Cristina Bitar.

Escribo esto en la noche del domingo 30 de enero de 2011, sin saber lo que ocurrirá más tarde en Egipto mientras miles de protestantes guardan valiente vigilia en la plaza Tahrir, El Cairo. Ya van 5 días desde que empezaron a explotar las revueltas sociales que exigen la salida del Presidente —y dictador— Hosni Mubarak, y su régimen aún se sostiene en el poder. Lo que hemos visto en este último tiempo, desde los incidentes desde hace un mes en Túnez hasta lo que ocurre hoy en uno de los países más importantes de Medio Oriente, no nos puede dejar indiferentes.

En primer lugar, tenemos que ser cautos. Es fácil salir con consignas voluntaristas diciendo que la revolución egipcia llevará inevitablemente a un triunfo democrático. Si algo aprendimos de la imprevisible caída del régimen soviético el siglo pasado, y del futuro de cada uno de los países que se han creado a partir de ese suceso, es que la democracia no es un camino obvio ni natural para estados que vienen saliendo de regímenes autoritarios. Es más, podemos decir con bastante confianza que la amenaza de pasar desde una dictadura a otra es cierta, sobre todo si consideramos que entre los opositores a Mubarak se encuentran partidarios al régimen dictatorial de Irán y grupos islamistas extremos. Pero eso tampoco quiere decir que el destino sea aún más negro de lo que hay, y tampoco significa que el único camino de salida para Egipto sea la implementación de un gobierno laico, “a la occidental”.

La “democracia musulmana” ha sido un tema recurrente entre los analistas internacionales. Los ejemplos de Turquía, Malasia, Bangladesh, Indonesia o Pakistán (antes del golpe militar de 1999) nos hablan de democracias en donde partidos de corte islámico moderado (y no “islamistas” o fundamentalistas) han sabido congeniar los elementos culturales-religiosos, junto con crecientes niveles de respeto a los derechos humanos y civiles. Es cierto que ninguno de los países mencionados cumple con un estándar máximo de democracia, pero sí presentan una luz de esperanza para aquellos que creemos que la democracia debe promoverse con respeto a la identidad cultural de cada pueblo.

Por otro lado, para que Egipto salga airoso de esta revolución y pueda llegar a tener el gobierno democrático que a muchos nos gustaría, no puede hacerlo solo. Egipto lleva demasiados años siendo dependiente del apoyo de Estados Unidos y, como tal, para recuperar su autonomía y salir adelante por sí mismo, debe recibir la ayuda de la comunidad internacional. No bastan los buenos deseos manifestados por el Presidente Obama, sino que aún estamos esperando la opinión de la Unión Europea y, por qué no, de la comunidad latinoamericana (alguna experiencia podemos aportar en procesos de transición democrática).

Si Mubarak renuncia —o es obligado a renunciar—, nace la pregunta de quién asumiría el poder. Para el mundo occidental, la carta favorita pareciera ser Mohamed El Baradei, ex director de la Agencia Internacional de Energía Atómica y Premio Nobel de la Paz el 2005. El Baradei cuenta con el apoyo de un buen número de egipcios y es visto por el gobierno de Mubarak como una amenaza. Pero él mismo ha desencantado a los más radicales por su poca decisión en asumir el liderazgo y por sus mismas declaraciones diciendo que él “no es un político”. Lo deseable, entonces, es que si El Baradei —o cualquier otro— está dispuesto a asumir el desafío de llevar a Egipto por un camino democrático, lo haga con el apoyo de los mismos egipcios y bajo una visión más bien moderada e incluyente.

Por último, el caso de Egipto nos obliga a preguntar por el futuro de la paz en Oriente Medio. La dictadura egipcia es un aliado conocido del gobierno de Israel. Varias veces ha defendido las ocupaciones israelitas en la franja de Gaza y ha sido constantemente escéptico con la idea de un Estado Palestino. Con la caída de Mubarak —y con la esperanza de una transición democrática que le siga— el equilibrio político en la zona se modifica y la legítima aspiración palestina se vuelve aún más vigente. Es de esperar que con esta nueva ola de reconocimientos diplomáticos que se están dando en distintas partes del mundo, sumado a las revoluciones que hemos visto en Túnez y Egipto, la paz llegue al conflicto palestino-israelí. De la mano de un proceso de negociación más igualitario entre las partes y que permita la anhelada creación de un Estado Palestino, libre y soberano.