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viernes, 9 de mayo de 2014

La Haya no tiene jurisdicción.



La Haya no tiene jurisdicción.


Existen buenos fundamentos jurídicos para que Chile impugne la jurisdicción de la Corte Internacional de Justicia en la demanda boliviana. Una de tantas razones es que el Pacto de Bogotá, que habilita a la intervención de la Corte, le impide juzgar asuntos regidos por tratados anteriores a la suscripción de dicho pacto, es decir, previos al 30 de abril de 1948. Y ese es precisamente el caso de la controversia y de los límites con Bolivia, fijados a perpetuidad por el Tratado de 1904. Lo que en verdad está planteando el país vecino es lo que el derecho internacional no acepta: la revisión de dicho tratado. Por ello lo presenta por la vía engañosa y encubierta de invocar la supuesta obligación de Chile de una negociación que le otorgue a Bolivia una salida plenamente soberana al océano Pacífico.


La decisión de ejercer la excepción de falta de jurisdicción ante la Corte queda pendiente de la oportunidad para hacerla valer. Hay quienes abogan ejercerla previamente a la discusión de fondo, dentro del plazo en curso de los noventa días desde la presentación de la memoria, antes del 15 de julio próximo. Otros, en cambio, aconsejan reclamar la falta de jurisdicción en la contramemoria o contestación de la demanda, para que sea fallada al final del proceso, luego de la dúplica, la réplica y los alegatos orales finales. La primera opción envía una señal clara y firme a la Corte del rechazo de Chile a su jurisdicción, acorta sustancialmente y pone término anticipado al juicio, reduce los espacios de la acción comunicacional y de la Diplomacia pública bolivianas, y obliga a ese país a entregar todas sus alegaciones desde la partida.


Hasta ahora Chile se ha sometido sin matices a los dictados de la Corte. Incluso ha proporcionado señales que pueden ser interpretadas equivocadamente como de confianza en sus dictámenes. A la vez, pueden haberse generado percepciones erróneas de aceptación sin reservas ni molestias de su incoherente fallo en el reciente proceso de delimitación marítima con Perú.


Hay quienes temen que la Corte, en su inclinación de arrogarse competencia, deje para la sentencia definitiva la alegación preliminar de falta de jurisdicción y con ello permita a Bolivia publicitar una victoria procesal que repercutiría en la defensa y Gobierno de Chile. Es efectivo que todo juicio tiene un riesgo: nadie está en condiciones de asegurar anticipadamente una sentencia favorable. Pero esa contingencia no justifica eludir y renunciar a un recurso de uso corriente que protege el interés nacional; tampoco corresponde sacar cálculos políticos de corto plazo y, menos, perder la oportunidad de enviar un mensaje potente, y no diluido en otras alegaciones, de que se desconoce la jurisdicción de La Haya sobre un asunto que está regido por un tratado anterior a la suscripción del Pacto de Bogotá. Además, en numerosas ocasiones la Corte ha aceptado su incompetencia y rechazado al inicio demandas que carecen de fundamentos jurídicos suficientes para que sean admisibles.


Independientemente de reclamar la incompetencia de la Corte en el diferendo con Bolivia, cabe plantear nuevamente el retiro de Chile del Pacto de Bogotá, en cuanto nos obliga a comparecer indefinidamente a ese Tribunal, cuya confiabilidad es debatible. Retirarse de la Corte de La Haya no debería presentar mayor inconveniente: solo 63 de 193 países le reconocen competencia. Los arbitrajes son fórmulas mejores y más confiables para solucionar pacíficamente las controversias entre Estados. Los Jueces árbitros se escogen por las partes según su idoneidad, y no como los de La Haya, elegidos por la votación de la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde la política y la representación geográfica son las claves. Por lo demás así lo hemos practicado y está previsto con Argentina. 


Editorial tomado de Diario El Mercurio.
 


martes, 6 de mayo de 2014

Chile debe mejorar su Diplomacia pública, por Karin Ebensperger Ahrens.




A pesar de que Chile tiene todos los argumentos legales e históricos a su favor, Bolivia ha explotado magistralmente las comunicaciones y el uso de argumentos “sensibleros” para convencer a muchos de su alegato.
 






Chile debe mejorar su Diplomacia pública,
por Karin Ebensperger Ahrens.


Chile ha tenido una política exterior seria a través de su historia, de respeto al derecho internacional, y un comportamiento comercial reconocido. Pero hoy en día eso no basta para una defensa eficiente de la soberanía y del interés nacional. Se requiere una estrategia político-comunicacional, porque los enormes cambios tecnológicos han hecho surgir un nuevo fenómeno en las relaciones internacionales: el concepto de opinión pública mundial, que influye fuertemente en la percepción que se tiene de un país. Chile no ha sido eficiente en eso.


Observemos el caso de Bolivia: a pesar de que Chile tiene todos los argumentos jurídicos a su favor, La Paz ha ido introduciendo en la opinión pública (prensa, ONG, algunos organismos multinacionales, personeros internacionales, etcétera) la idea de que tiene "derechos y reclamaciones legítimos", que ahora incluso llama "expectaticios". Y se presenta como un David oprimido por un Goliat: Chile.


No se conocen en igual medida los múltiples ofrecimientos de Chile, ni la negativa peruana, ni se explica que el Tratado de 1904 fue ratificado por el Congreso boliviano sin presiones más de dos décadas después de terminada la guerra de 1879, ni los pagos y concesiones que Chile hizo en esa época, ni los aportes que sigue haciendo en los puertos que Bolivia usa en Chile.


En el mundo es cada vez más gravitante el soft power. Se trata de convencer audiencias más que de imponer una política. Por eso la llamada Diplomacia pública ( public Diplomacy ) gana espacios en las Cancillerías modernas. Chile debe mejorar ese aspecto. La política exterior no solo debe hacer bien la tarea, sino que además debe saber presentarla ante la opinión pública. Una política exterior exitosa hoy es la que logra imprimir en el público una cierta percepción.


De ahí que este fenómeno debe ser incluido como prioritario en la Cancillería, porque aun el mejor trabajo de política exterior puede ser alterado si la percepción de la opinión pública mundial es desfavorable a Chile.


Bolivia, sin presencia internacional mayor -pero con una política exterior majadera, que hay que reconocer ha sido coherente en su propósito-, ha logrado unir a ese país tras una sola meta: el mar. Incluso a costa de empobrecer a su pueblo, al negarle por décadas la posibilidad de acuerdos modernos de intercambio, que habrían beneficiado a ambas naciones.


Para lograr esa percepción internacional, primero hay que tener una coherencia interna en Chile: contactar a personas claves, líderes de opinión en sus respectivas áreas, para que conozcan la memoria histórica de la Cancillería. Se trata de crear conciencia sobre los intereses permanentes del país y su percepción externa con parlamentarios, periodistas, académicos, profesores, exportadores, entre otros; explicarles la necesidad de esa política de Estado y realmente creer en ella. Hay que convencer a las respectivas audiencias. Por ejemplo, los empresarios que exportan podrían ser parte activa en esta percepción. Todas las personas que estén en los cargos estratégicos deberían ser informadas de las políticas permanentes del país. Es más: en cada Ministerio debería haber alguien en contacto constante con la Cancillería, como parte de un trabajo sistémico, que involucra a todos.


Recordemos: en cada caja de manzanas o de vinos exportada, en cada tonelada de cobre que sale al exterior, se refleja todo el "sistema Chile": la calidad de sus trabajadores, empresarios, carreteras, policías, puertos, etcétera. Y sobre todo se refleja la seguridad política con que Chile se desenvuelve en el mundo, de ahí la importancia transversal de la Cancillería.


La mejor política exterior es la que logra apoyar el interés nacional en el mundo. Hoy implica imprimir en las audiencias, en la llamada opinión pública mundial, una cierta percepción favorable al país. Sobre todo en los asuntos limítrofes que se exponen ante Tribunales internacionales. Esa percepción pesa mucho, además de los tratados firmados y los acuerdos comerciales. La soberanía nacional depende cada vez más de una Diplomacia pública eficiente.