
Honduras desafía nuevo orden internacional en gestación
El avión que traía de regreso a Manuel Zelaya a Tegucigalpa terminó descendiendo en El Salvador. Un contingente militar hondureño impidió el aterrizaje mientras comenzaba la balacera en los alrededores al aeropuerto dejando un muerto al menos y cerca de 30 heridos, según MSNBC.
En ese avión podrían haber estado la presidenta argentina Cristina Fernández, y los presidentes Fernando Lugo de Paraguay y Rafael Correa de Ecuador.
De haber aterrizado con ellos, el episodio de presión o negociación como quiera llamársele, habría llegado a su límite máximo comprometiendo la vida de mandatarios. Es un hecho sencillamente inédito.
A pesar de los indicios de un nuevo orden mundial en gestación, un problema central consiste en que el marco de convenios internacionales que vela por un orden justo es aceptado por las naciones en la medida que no altere las variables intrínsecas del poder local o bloquee otro tipo de aspiraciones.
Independiente de los apetitos externos en la zona, en esta crisis se está produciendo el habitual enfrentamiento entre la dimensión local del poder político y la nueva naturaleza del poder internacional que genera la creciente globalización. Esta vez es entre uno que se aspira a construir en torno a un nuevo orden internacional en gestación y el otro consolidado en los intersticios de las soberanías nacionales.
Según la actual autoridad hondureña el regreso de Manuel Zelaya puede llevar a un "baño de sangre", una advertencia tipo ultimátum a la presión internacional.
Por otra parte la cuenta regresiva para reinstituir a Manuel Zelaya proviene de un sistema internacional sin poder de coerción que no sea aislar o bloquear, al menos que derive en una crisis humanitaria. ¿Es allí donde se dirige Honduras?
La restitución de Zelaya por la fuerza sería crear una fractura interna en Honduras de difícil pronóstico. Sucedió con la restitución de Aristide en Haití, cuyas graves consecuencias obligaron a instalar una misión de paz permanente de la ONU.
En un escenario de ultimátum contra ultimátum con bases mínimas para mediar, se está abriendo un nuevo referente en el debate acerca de los límites del intervencionismo.
El intervencionismo de entes multilaterales por lo general ha funcionado bajo las premisas de una comunidad internacional que se agrupa con frecuencia para tomar decisiones con el doble estándar hacia los DDHH y la democracia.
Sea para aplicarlo en los casos de la Junta Militar en Myanmar, del régimen iraní, de las monarquías del golfo pérsico, o del número abultado de seudo democracias, el doble estándar se ha convertido en un mecanismo para equilibrar las decisiones que trascienden la naturaleza de las instituciones internacionales.
Los que especulan en que mediar con las nuevas autoridades en Honduras se trataría de una especie de “gesta personal" del Secretario General Insulza o de otros políticos en el circuito, quedan aprisionados por los fantasmas de su propio narcisismo.
Como versiones criollas de Dick Cheney, no sería extraño que prefiriesen el fracaso de su gestión, el aumento de la tensión, sea por la adicción al histrionismo o al rentable lobby belicoso, sin comprometerse a resolver el problema sistémico internacional.
Nota de la Redacción:
Esta nota fué tomada de Diario La Tercera por considerar que al menos se aproxima a la realidad de lo que sucede en Honduras, desnudando, de paso las inconsecuencias y el doble estándar con que actúan las Autoridades del mundo y los organismos internacionales.